Los otros Sherlocks Holmes

«Los otros Sherlocks Holmes»

VVAA. Traducción de Miguel Temprano y otros traductores. Alba Editorial.

 

Por Cristina de @abrirunlibro

Es necesario explicar la simpatía de algunos lectores, aquí en este caso serían los lectores holmesianos, por atesorar ediciones diferentes de un mismo libro. Y cuando hablo de ediciones hablo también de nuevas traducciones —por desgracia cada vez más difícil—, o de cualquier otra cosa mínimamente distinta a la que ya se posee. En este caso, aquí quién escribe, a pesar de disponer de varias ediciones del ‘otro canon’, esta edición cartoné de Alba Editorial con la contracubierta dorada es realmente bonita y por lo tanto ha llegado para quedarse en mi caótica biblioteca sobre Sherlock Holmes y Arthur Conan Doyle. La portada es una de las ilustraciones que realizó Edward Bawden en 1987 para The Hound of the Baskervilles (1902), y que puede verse en la Fry Art Gallery Society, Saffron Walden, Essex, UK. 

También el encargado de la selección de las parodias y pastiches, y artífice del prólogo de Los otros Sherlocks Holmes, Pablo Muñoz, ha tenido buen gusto en elegir entre las más que suficientes caricaturas e imitaciones diversas que pululan desde el mismo momento en que Arthur Conan Doyle dio a conocer a su detective en A Study in Scarlet (1887), como ya he comentado en varias ocasiones. Es decir, las obras escogidas que ahora mismo enunciaré, son una pequeña muestra pero que pueden dar a comprender cómo se solucionó la gran demanda que existía en aquel momento de llenar el hueco entre aventura y aventura publicada por Conan Doyle —durante el Gran Hiato fue ya escandaloso el número de pastiches, algunos bastante penosos y, sorprendentemente, con un éxito desproporcionado a pesar de la baja calidad—. En total serán trece más uno, hay un autor anónimo, los escritores que encontraremos en esta antología:

J. M. Barrie con Mi velada con Sherlock Holmes (1892), La aventura de los dos colaboradores (1893), El difunto Sherlock Holmes (1893).

Bret Harte con La cigarrera robada (1900).

Mark Twain con Un detective en dos partes (1902).

Sadie Shaw con Un maestro de la magia (1903).

Maurice Leblanc con Sherlock Holmes no llega a tiempo (1905).

Ludwig Thoma con El robo de la Casa de la Moneda o Sherlock Holmes en Múnich (1905).

P. G. Wodehouse con Entre los inmortales (1906).

Leo Belmont con Sherlock Holmes en Varsovia (1908).

Frans Oskar Wågman con Sherlock Holmes en la vida cotidiana (1908).

P. Orlovets con En convicto de la taiga del Barguzín (1909).

Anónimo con El vencedor de Sherlock Holmes (1911).

O. Henry con Las aventuras de Shamrock Jolnes (1911).

Enrique Jardiel Poncela con Los asesinatos incongruentes del castillo de Rock (1928), La serpiente amaestrada de Whitechapel (1928), La momia analfabeta del Craig Museum (1928).

Ellery Queen con La desaparición del señor James Phillimore (1944).

Como en cualquier antología, la calidad de los relatos es desigual. Si además tenemos en cuenta que la concepción del humor es para todos diferente, para una servidora la ironía en algunos de estos relatos brilla por su ausencia aunque sí deben tener lugar en esta selección para darlos a conocer. También hay que tener en cuenta la necesidad de algunos autores pasticheros de ver hundido y en la miseria a Sherlock Holmes. Evidentemente el detective en el canon no fue siempre infalible pero parece desproporcionada la cantidad de autores que decidieron  ver a Holmes derrumbado. Sí voy a destacar algunos de estos relatos que, aunque muy lejanos al canon oficial, merece la pena conocer.

Antes una especial mención a lo que Pablo Muñoz puntualiza y es que excepto el relato de Ellery Queen, el resto están escritos en vida de Arthur Conan Doyle. Dieciocho cuentos de todas las clases escritos por autores algunos reconocidos pero seguidores, a su manera, del infatigable Sherlock Holmes. Entre ellos se puede nombrar a J. M. Barrie, el escocés creador de Peter Pan; al estadounidense Mark Twain con una parodia durísima y de final sorprendente; a Enrique Jardiel Poncela divertidísimo y elegante; a Ellery Queen —en realidad Frederick Dannay y Manfred Bennington Lee—, el pastiche más serio de todos. 

Una antología diversa y representativa de lo que fue el mundo apócrifo de Sherlock Holmes. 

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