Entrevista a Rafael Narbona

Entrevista a Rafael Narbona, escritor y crítico literario. Último libro publicado «La experiencia mística», Taugenit Eidtorial 2020. 

Por Luis de Luis Otero

Rafael Narbona es escritor y crítico literario. Tras dos décadas como profesor de filosofía publicó con el cambio de siglo el primero de su millar de artículos en El Cultural, Revista de Libros, Zenda, ABC, Letras Libres et al.

Es autor de “Miedo de ser dos” (Madrid, Minobitia, 2013) una reflexión sobre la identidad a partir de su experiencia, “El sueño de Ares” (Madrid, Minobitia, 2015) una meditación sobre la violencia y “Peregrinos del absoluto. La experiencia mística” (Madrid, España Taugenit, 2020) un estudio sobre la búsqueda de la eternidad.

Apasionado y vehemente humanista, siempre humilde, cortés y ajeno a etiquetas y simplificaciones, cuenta con miles de seguidores en su blog y en las redes sociales a quienes no suele dejar indiferentes. Ni mucho menos.

Sus escritos están salpicados de recuerdos que le delatan: también hizo la EGB…

Efectivamente, nací en el 63. La EGB me pareció tan absurda como la ESO. Recuerdo lo de los Diagramas de Venn y la dichosa gramática generativa. Cada reforma educativa ha empeorado la educación. Después de dar clases de filosofía en un instituto durante casi veinte años, recomendaría volver a la enseñanza tradicional, con sus ejercicios de redacción y la lectura

de los clásicos. En la escuela, lo esencial es aprender a manejar el propio idioma, algo que estamos muy lejos de conseguir con las nuevas generaciones, cada vez más negligentes con la ortografía y la sintaxis. Eso sí, escucho EGB y experimento un arrebato de nostalgia.

Y, sin embargo, a pesar de ser un niño de los 60, navega con soltura por el mar de los bytes, gracias a sus blogs se ha convertido, en las redes sociales, en todo un pope cultural del siglo XXI o, como se dice ahora, en un influencer

Es usted hiperbólicamente amable. Tengo algunos seguidores en las redes sociales. Algunos me siguen —creo— por despiste o confusión. La palabra influencer es muy fea. Prefiero decir que escribo y he logrado la atención de un puñado de personas. No soy especialmente hábil con las nuevas tecnologías. Aún tengo problemas para realizar cosas muy básicas. Soy —ay— demasiado viejo para estas cosas.

De alguna manera, para usted, la escritura, la literatura no es tanto (o no solo) una adicción, una necesidad o una manera de vivir, sino, simple y llanamente, una manera de vivir… de casta le viene al galgo, en cualquier caso…

No concibo mi vida sin los libros y la escritura. Mi padre, un escritor olvidado, pero con dos calles en España y un pequeño espacio en las enciclopedias (Wikipedia incluida) me inculcó el amor a la literatura. Aunque murió cuando yo tenía casi nueve años, me compró una pequeña biblioteca de clásicos adaptados e infinidad de tebeos. Mi madre prolongó esa tarea. Borges dijo que imaginó el paraíso con forma de biblioteca. Yo suscribo esa utopía, nada dañina. Gracias al libro, el ser humano es algo más que biología.

Como antes ha mencionado durante dos décadas fue profesor de filosofía ¿qué le ha dado la filosofía?

La filosofía me ha proporcionado herramientas para interpretar la realidad y me ha regalado muy buenos ratos como lector.

No me parece desencaminado afirmar que la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Los teólogos medievales son muy imaginativos y los metafísicos más herméticos, como Heidegger, Hegel o Derrida, han creado territorios imaginarios con su lenguaje altamente plástico, convirtiendo el hecho de pensar en una pirueta fantástica. Al margen de eso, algunos filósofos han desplegado una interpretación de la realidad con la que me siento más o menos identificado. Es el caso de Spinoza y los ilustrados, pioneros del laicismo y los gobiernos democráticos. Otros nos han abastecido de esperanza, como Ernst Bloch, Moltamann o Karl Barth. Walter Benjamin nos ha enseñado a interpretar la historia y el arte.

¿Y qué le ha dado la enseñanza?

Como profesor de filosofía he aprendido a dialogar con los jóvenes, comprobando que muchos albergan grandes inquietudes. Me sentía más a gusto con mis alumnos que mis compañeros, quizás porque no me gusta el papel de autoridad y, menos aún,el de examinador. Actualmente, la enseñanza solo es un mecanismo de control social, no una experiencia educativa orientada al desarrollo de un criterio sólido e independiente.

“Me dedicaría al arte de la lectura una actividad no menos compleja que escribir” ha dicho con toda razón, no es nada fácil ser un buen lector…

No, sin duda. Leer es un arte, como nos ha mostrado la hermenéutica de Ricoeur y Gadamer. La lectura siempre es creativa.

Es la confrontación entre dos puntos de vista, que se solidarizan o impugnan. Borges decía que leer era la forma más estimulante de vivir y comentaba que el mayor acontecimiento de su vida había sido descubrir la biblioteca de su padre. Yo puedo decir lo mismo. El libro es un milagro, quizás lo más noble que ha inventado el ser humano.

Dos décadas de crítico literario en los medios más importantes y relevantes atestiguan que no es, por así decirlo, muy mal lector del todo.

La buena crítica es un género literario más. Las páginas más brillantes de Octavio Paz son ejercicios de crítica literaria sobre autores como Cernuda, Rubén Darío, Sade o Pessoa. Una reseña no debe ser tan solo una nota de prensa, sino una respuesta creativa a un texto. Además, la crítica transforma las obras que comenta. El Quijote cambia con cada interpretación. Después de leer las impresiones de Azorín sobre los clásicos castellanos, sentimos que los textos son distintos. Ahora ya viajan con las palabras del “pequeño filósofo” (me refiero a Azorín, tan injustamente olvidado). Sucede lo mismo con Borges y la Divina Comedia, o con Vargas Llosa y Cien años de soledad.

¿Qué le ha dado la crítica literaria?

La crítica literaria me ha dado cierta visibilidad y me ha enseñado a leer con más atención, buscando las claves de los textos. Un crítico es un lector que se exige a sí mismo atención y rigor. No se enfrenta a libro para disfrutar, sino para comprenderlo y valorarlo. La crítica ha mejorado mi dominio del idioma y me ha inculcado disciplina. Además, he tenido la suerte de trabajar en medios donde siempre han respetado mi libertad. Jamás me han dicho o sugerido lo que tenía que escribir. Es muy de agradecer.

¿El “truco” —en todo en la vida—  está en, parafraseando a Heidegger, “ser siendo”?

No sé muy bien lo que quería decir Heidegger. Escribí un pequeño estudio sobre su obra y he publicado varios artículos sobre su filosofía, pero con los años he desarrollado aversión a su estilo hermético. Hay algo inhumano en su pensamiento. Quizás eso explica su fascinación por el nazismo y su incapacidad de pedir perdón por apoyar una ideología criminal. Heidegger me parece un mago oscuro y deshonesto, un tartufo.

Reclama el derecho a equivocarse, a cambiar de opinión, a evolucionar, es decir, a aprender: lo que no significa ser un inconstante, un veleta o un chaquetero.

Todos los que escribimos decimos muchas estupideces y cometemos alguna vileza. Durante dos años, yo apoyé las tesis de la izquierda radical, suscribiendo todos sus fetiches: el marxismo, la lucha de clases, la dictadura del proletariado, la revolución, que solo es un eufemismo de la guerra. La crisis económica de 2008, con el paro desbocado e infinidad de desahucios, rescató del armario esos iconos, poniéndolos de moda otra vez.

Como antes.

Si, cuando yo estudié filosofía en la universidad, ser marxista era casi un imperativo. Gabriel Albiac, uno de mis profesores, suscribía las tesis de Althusser y se mostraba partidario de demoler la economía de mercado. Entre 2012 y 2014, escribí un puñado de artículos que hoy me parecen deleznables. Leer la biografía de John Lee Anderson sobre Ernesto “Che” Guevara me abrió los ojos. El mito de la izquierda revolucionaria era un carnicero sin escrúpulos, responsable de crímenes contra la humanidad. Sin embargo, se le exalta como si fuera un santo. Incluso formaciones políticas se acercaron a la izquierda abertzale y yo seguí ese movimiento, escandalizado por el uso sistemático de la tortura para combatir el terrorismo.

Es curioso lo caro que le ha salido el cambio de opinión…

Cuando me retracté en público, dejando bien claro mi condena de cualquier forma de violencia, sufrí un brutal linchamiento virtual. Volvía al lugar que he ocupado la mayor parte de mi vida: el centro y la templanza. Pienso que los países democráticos necesitan una derecha liberal y una socialdemocracia capaces de entenderse, realizando pactos de estado en momentos de crisis.

Siempre ha sido sincero desafiando los pudores y temores sociales y admitiendo sin ambages que padece una enfermedad mental: el trastorno bipolar.

El trastorno bipolar golpea a un 1% o 2% de la población, lo cual significa que en España hay unas 300.000 personas luchando contra la enfermedad. Se trata de un desequilibrio bioquímico del cerebro de origen genético que se activa a partir de experiencias traumáticas. El 15% de los afectados se suicida.

Su hermano…

Sí, fue el caso de mi hermano mayor, Juan Luis. Los enfermos se pasan la mayor parte del tiempo deprimidos, pero a veces sufren cuadros de manía, que incluyen excitación, irritabilidad, menor necesidad de dormir, verborrea y, sobre todo, una percepción distorsionada de la realidad. Un brote de manía es como un tsunami: destruye todo a su paso. Algunos enfermos rompen su matrimonio, dejan el trabajo, cambian de aspecto, contraen deudas. Cuando superan la manía, no hay marcha atrás. Su vida está en ruinas.

No le ha costado, o al menos así lo parece, mostrarse en carne viva.

A veces me he arrepentido de contar mis problemas con la enfermedad, pero creo que es necesario darle visibilidad, combatiendo los prejuicios. Muchos escritores han sufrido los estragos de la bipolaridad: Hemingway, Virginia Woolf, Sylvia Plath. Las fases de manía estimulan la creatividad, pero a un precio terrible.

En “Almost blue”, la canción de Elvis Costello, se dice “lirting with this disaster became me” (coquetear con este desastre me ha convertido en quien soy) ; quizás esa frase defina la relación con su enfermedad al plantarle cara algo que ha sido el eje de su vida…

Es evidente que sería otra persona sin la bipolaridad. Mi mente siempre ha trabajado muy deprisa, pero de repente se estancaba. De niño, pasaba de la euforia al desánimo por cualquier nimiedad. He conseguido domar al monstruo. La medicación ha hecho muy poco por mí. Salí del hoyo gracias a la literatura. Y al afecto de mis seres queridos.

Miedo de ser dos” es el título de su primer libro, un título que procede de un verso de Alejandra Pizarnik.

Efectivamente. Pizarnik sufría trastorno límite de la personalidad. Se suicidó con treinta y cinco años. Desgraciadamente, no pudo vencer a la enfermedad. Fue una mujer muy desgraciada. La enfermedad mental te despoja de lo más preciado y esencial: tu personalidad.

Un libro que, parafraseando a Camilo José Cela , “es la purga de su corazón”.

En ” Miedo de ser dos”, hay ficción. Lo advierto, pero la mayoría de las cosas que cuento sucedieron realmente. No lo escribí pensando que hacía una purga. Simplemente, necesitaba sacar al exterior lo que casi había acabado conmigo.

“A veces pienso que vivimos para recordar”, dice en el libro…

Sí, es cierto. La literatura es la máxima expresión de esa idea. Escribir es recordar. Todos los autores inventan a partir de sus experiencias. Sus creaciones solo son recuerdos maquillados.

También dice “No creo en la posibilidad de una catarsis que me libere de todos mis demonios”; sin embargo el libro es catártico y liberador. Es un grito de ayuda y, en cierto sentido de reafirmación.

Escribí ” Miedo de ser dos” durante la peor etapa de mi vida. Pensaba que nunca saldría de aquel estado, pero no fue así. La catarsis vino después, pero esa obra fue el primer paso. Sin ella, quizás no habría sido capaz de dejar atrás la enfermedad.

Es un libro que cuenta una vida como una carrera ciclista o de obstáculos que se define por los ritos de paso.

Sí, es verdad. Mi vida ha sido una carrera de obstáculos. A veces, me sorprendo de haberlos superado todos. Pude naufragar en alguna de las etapas, sufrir una pájara que me dejara fuera de la carrera de la vida, pero sigo aquí.

A la vez el diálogo con su padre y hermano fallecidos es constante…

Exacto. De hecho, estoy escribiendo una novela donde cuento su historia y me incluyo a mí mismo como personaje. La sombra del padre y el hermano muerto siempre me ha acompañado. Sus trágicas muertes han marcado mi vida. Siempre vuelvo a ellos, rebelándome contra el destino. A veces, me enfado con mi hermano y siento la necesidad de hablar con él para pedirle explicaciones. Un suicidio deja muchas víctimas detrás. En cierta manera, todos los que querían al suicida mueren un poco con él.

Cambiando de tercio, otras protagonistas del libro son las míticas (al menos para algunas generaciones), Marilyn Monroe y Audrey Hepburn… Lejanas, evocadoras y siempre fascinantes…

Siempre me ha fascinado Marilyn. Mi madre la adoraba. Nunca la vi como un mito sexual, sino como una persona frágil y devastada por el sufrimiento. Audrey no me parecía tan desdichada, pero —más que su sofisticación— me atraía su aspecto de mujer inteligente y sensible. En “La calumnia” hace una interpretación fabulosa, acompañando a Shirley MacLaine. Ambas interpretan a una pareja de maestras a las que se acusa de ser amantes. William Wyler hizo una gran película, mostrando el lado más sombrío de la América blanca y protestante que odia al que se desvía de sus valores.

La gran amenaza y la gran tentación es el suicidio del que dice que su intento: “no se parece a ninguna idea preconcebida, cuando llega su hora se tiene la sensación de se cumple el fin de algo”.

Ahora no escribiría eso. Salvo el final, “Miedo de ser dos” se escribió desde la desesperación. El suicidio no es una decisión libre, ni un destino. Lo que dije entonces me parece una tontería. El suicidio es —con la muerte de un niño— la forma más trágica de dejar este mundo. En España se suicida una persona cada dos horas y media. Es una epidemia, un problema de Estado. Los partidos políticos deberían hacer un pacto para abordar el problema, sin escatimar gastos.

Su mujer, Piedad, discreta y firme, es una constante en el libro. Un episodio del libro en el que comparten las maravillosas páginas del “Little Nemo” de Winsor McCay, es radiante.

Piedad y yo llevamos juntos casi cuarenta años. Nos ha sucedido de todo y cada experiencia nos ha unido más. El dolor ha actuado como un pegamento, fortaleciendo la relación. A los dos nos encanta McCay. Encontrar un álbum de Little Nemo en Lisboa durante nuestro viaje de novios, nos emocionó. Fue como sentir que la infancia seguía a nuestro lado, reclamando nuestra atención. La niñez es la única utopía de la que nunca he renegado. He sido fiel a todas mis pasiones de entonces: Tintín, Alix, El Jabato, Blueberry, Stevenson, el western, los Beatles. Mi madre me compró el primer single de los Beatles a los diez años y desde entonces no he dejado de escucharlos.

¡Hace muy bien! Por cierto, para usted el mayor de los aprendizajes es estar en paz con uno mismo. Un aprendizaje que lleva una vida; si es que se llega a conseguir…

Yo lo he conseguido, pero ha sido difícil. El equilibrio se adquiere amándose a uno mismo y la mejor forma de conseguirlo es reparar en nuestra responsabilidad frente a los demás. Todos somos responsables de todos. Conservo una pequeña postal desde mi infancia donde se lee: “Al mundo lo salvará la ternura”. No puedo estar más de acuerdo.

El fatalismo no es una alternativa; llega el momento en que hay que decidir que ya se han derramado lagrimas suficientes…

Yo deje de llorar gracias a las palabras. Escribir empañó mis lágrimas. Mi gratitud hacia ellas es inmensa. La literatura puede ser el mayor bálsamo. 

No le quepa la menor duda, “Miedo a ser dos” es un libro esperanzado. Le vuelvo a citar: “La muerte nos lo quita todo, pero hasta que llegue hay un niño dentro que abre un cajón tras otro descubriendo que la vida siempre nos reserva algo”.

Es cierto. En mi caso, ese niño me abrió un cajón tras otro, mostrándome un regalo inesperado: la felicidad, la alegría de vivir, la esperanza. La muerte es —según Pascal— “el horror de la naturaleza”. Yo, como Canetti, me declaro su Enemigo.

Su libro “El Sueño de Ares” en una colección de relatos que se encuentran en algún lugar entre las “Vidas Imaginarias” de Marcel Schwob, la “Historia universal de la infamia” de Borges, “La paga del soldado” del gran Antonio Hernández Palacios y los cuadernos de “Hazañas bélicas”. Todo a su manera…

Sí, algo de todos hay; además “El sueño de Ares” también fue escrito desde el sufrimiento y la desesperanza. Por eso hay tanta violencia en la obra. En ese momento, tenía una visión muy pesimista sobre el hombre y la historia. Sin embargo, destacaba algunos casos de dignidad y coraje, como Walter Benjamin o Robert Gould Shaw. Intentaba averiguar qué es el hombre en situaciones especialmente dramáticas, como la caída de Berlín o la ocupación nazi de Polonia. Aunque tuvo buenas críticas, el libro pasó bastante desapercibido.

Hay dos épocas que tienen un gran relevancia en “El sueño de Ares”: la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial.

En cuanto a la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial fueron el taller de un mundo que decidía su futuro. Se venció al fascismo, pero el totalitarismo continuó en los países del Este.

Otra es la que se refiere al nacimiento de una nación, es decir, los Estados Unidos de finales del siglo XIX y principios del XX.

Estados Unidos nació de la cristalización de las ideas ilustradas, las más avanzadas de la época. A veces se olvida, especialmente durante los nefastos cuatro años de Trump, una desgracia mundial. Al mismo tiempo, Estados Unidos fue un país con una importante carga épica.

En la que se fraguan los mitos del “western” y del “noir”…

El Oeste era la última frontera, un lugar salvaje y con un aura mítica. Los que nacimos en los años sesenta, crecimos con las películas de indios y vaqueros. Es la mitología de una época sin mitología. John Ford ha sido el Homero de nuestros días. El cine negro no es menos épico, pero es una épica teñida de escepticismo y desengaño, donde el héroe ya no es totalmente virtuoso, sino una figura ambigua y con no pocos vicios.

Recientemente acaba de publicar “Peregrinos de lo absoluto” (Taugenit 2020), un libro sobre la mística y los místicos escrito desde el asombro, el respeto y la fascinación.

La pandemia ha vuelto a poner ante nuestros ojos la muerte y la enfermedad. El ser humano es la única criatura consciente de su finitud. No puede dejar de hacerse preguntas. Necesita encontrar un sentido a la vida. Se resiste a morir del todo. El problema de Dios no es un asunto del pasado. Sigue ahí. La mística representa en el momento de encuentro con la infinitud, con la posibilidad de trascender la muerte. No creo que nadie se resigne plenamente a dejar de existir.

En libro aparecen semblanzas en las que junto a los —por así decirlo— “sospechosos habituales” como Teresa de Jesús o Juan de la Cruz se encuentran, por distintas razones, otro tipo de “sospechosos” como Georges Bataille o Emil Cioran.

La mística es la experiencia del absoluto. Cioran busca el absoluto en la Nada. Bataille en el erotismo y el crimen. Místico es todo el que intenta trascender su yo para entrar en contacto con algo superior o trascendente. Cioran, hijo de un sacerdote ortodoxo, escribe como un místico, derrochando vehemencia. Quiere salir de sí mismo. Bataille, también. Paradójicamente, su forma de trascender el yo les conduce a la exaltación de la muerte.

Precisamente en su libro sobre Emil Cioran , Fernando Savater dice que la mística es “una palabra peligrosa,desprestigiada entre todas”.

La mística es una búsqueda, un camino. Si se utiliza la mística con fines políticos, como sucedió en la España franquista, se convierte en una palabra con una connotación opresiva, pero cuando se emplea con libertad, se convierte en un punto de partida. La mística no puede encerrarse en una definición. Es una apertura infinita. Siempre apunta a algo que está más allá.

Significa el acceso a algo que está más allá de la naturaleza, a lo que se accede mediante, en palabras de Schopenhauer, “rompiendo el velo”…

Schopenhauer no creía en Dios, pero la metáfora del velo es adecuada para describir la mística. Desde los presocráticos sabemos que los dioses se ocultan. En el caso del Dios cristiano por respeto a nuestra libertad. Un Dios visible ejercería una coacción invencible. Seríamos autómatas o seres intimidados, sin capacidad de elegir.

Encuentra la raíz de la mística en una “nostalgia del infinito”…

Sin duda. La finitud es sinónimo de muerte. ¿Quién no ha soñado con perdurar? Se dice que la inmortalidad no es deseable, pero yo creo que representaría la oportunidad de un crecimiento ilimitado. Los argumentos que se utilizan para denigrar la inmortalidad me parece un ardid para aplacar la aflicción que nos provoca la idea de la muerte.

De la rebelde Santa Teresa dijo el polémico Unamuno que valía por cualquier “Crítica de la razón pura”. Ambos aparecen en “Peregrinos del absoluto”.

Teresa de Jesús fue una gran escritora, uno de los grandes clásicos de nuestra lengua. Además, fue una mujer que hizo cosas asombrosas en una época donde ser mujer constituía un obstáculo insalvable. Aunque el régimen franquista se apropió de su figura, Azaña y otros intelectuales republicanos admiraban su figura. Unamuno ha resurgido con la película de Amenábar, pero ha caído en un olvido inmerecido. San Manuel Bueno, mártir, es una de las mejores novelas cortas del siglo XX.

Simone Weil murió por llevar hasta el extremo su ética de la compasión…

Para algunos, cometió suicidio, pues redujo su alimentación al mínimo para compartir las penalidades de sus compatriotas bajo la ocupación nazi. Era una mujer solidaria. Socialista, donaba parte de su salario de profesora a familias obreras en paro. Fue una especie de “virgen roja”.

Blaise Pascal —autor de la celebérrima frase “el corazón tiene razones que la razón no comprende—, proponía sentir a Dios, pero no a un Dios de Iglesias o filósofos, no a un Dios de geómetras…

No, él creía en el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob. El Dios que había engendrado a Jesús. Le parecía imposible llegar a la fe sin la mediación de Cristo. Para él, la fe no es un logro de la razón, sino una vivencia que se produce gracias a la Palabra, a la Escritura y que se hace definitivamente asequible mediante Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios.

A William Blake, el artista, su misticismo le lleva a un lugar especial: a la Imaginación como única realidad.

Sí, es una idea que nos cuesta trabajo comprender, pero que rescata las enseñanzas de Platón, enriquecidas por un perspectiva estética. Para Blake, la Imaginación es lo verdaderamente real. Nuestra vida en la Tierra solo es un pálido reflejo de un orden sobrenatural en el que podemos participar como creadores y responsables. Dios es el artífice de todo porque es un Artista y no un rey.

Se define como creyente. ¿De alguna manera, con “Peregrinos del Absoluto”, ha buscado maneras de vivir y entender la fe?

Yo he abrazado y he repudiado la fe muchas veces. Soy un creyente problemático. Sin embargo, nunca pierdo de vista la idea de Dios. Si prescindimos de la expectativa de un mañana, condenamos otra vez a las víctimas de Auschwitz y el Gulag. Dios representa la posibilidad de una justicia cósmica y de la conservación de todas las cosas bellas y buenas. Sin Dios, Bach, Mozart, Rembrandt, Shakespeare, se perderán sin remedio.

Vamos acabando y ya tocan algunas conclusiones, parafraseando a Juan de Mairena: ¿”La verdad es la verdad” como afirma Agamenón? ¿O no lo es, como afirma su porquero?

No me gustan los dogmas, pero tampoco me agrada el relativismo. Auschwitz, Hiroshima o el genocidio de Ruanda son el mal absoluto, radical. La solidaridad, la ternura y el sacrificio son virtudes inequívocas. No se puede vivir sin certezas, pero siempre deben estar sometidas a la crítica y no se pueden utilizar para recortar o suprimir la libertad ajena.

Voy a aprovechar su importancia como crítico (o prescriptor, como se dice ahora) cultural, pidiéndole las típicas recomendaciones…

 ¿Tres libros?

“Ficciones” de Jorge Luis Borges. “Crimen y castigo” de Dostoievski. “La casa encendida” de Luis Rosales.

¿Por?

Borges es una fiesta del idioma; Dostoievski nos hace bajar hasta lo más profundo. “La casa encendida” es un manifiesto a favor de la esperanza.

¿Tres tebeos?

“Tintín en el Tíbet” una hermosa historia sobre la amistad y la pureza de corazón. “El último espartano” de Jacques Martin, una aventura de Alix sobre el coraje y la dignidad y “El general Cabellos Rubios” de Giraud y Charlier, una aventura del teniente Blueberry con una fuerte carga antimilitarista.

¿Y tres músicas?

Como ya le dije y veo que no le desagrada: “A Hard Day’s Night”, mi primer vinilo de los Beatles, por su alegría y frescura; “La Canción de la Tierra” de Mahler, por su profundidad y asombrosa belleza; “Lady in Satin” de Billie Holiday, por su desgarro y sinceridad.

Escoja un “capricho armonioso”… ¿Una Variación Goldberg, un tebeo de Tintín o una peli de John Ford?

Me lo pone difícil. Si tuviera que elegir, me inclinaría por la música. Bach, sin duda, pero no las Variaciones, sino la Misa en Si menor. Es un signo luminoso de esperanza.

¿Se resumiría en una frase?

Me apasiona vivir.