Exhalación

«Exhalación». Ted Chiang. Traducción de Rubén Martín Giráldez. Editorial Sexto Piso.

By PacoMan

Ted Chiang, norteamericano de 53 años, es poco menos que el último genio mundial de la Ciencia Ficción. Escribe poco y sólo cuentos. Y tiene más premios importantes que cuentos (sólo 19) y más de 30 Hugos, Locus, Nebula y otras zarandajas que impresionan a  quien se dejan deslumbrar por el brillo a pirita, a mayor gloria del que los entrega o a favor de los intereses económicos del que los controla. En España sólo tiene dos antologías publicadas (tampoco tiene más en los EE.UU.) la primera La Historia de tu vida (2002, publicada en 2004 en Bibliopolís Fantástica) y esta Exhalación (2019, publicada en 2020 Editorial Sexto Piso).

Es bueno, realmente bueno ¿el qué? El libro, el libro es estupendo. La Ciencia Ficción es un género que brilla áureamente en narraciones cortas, o a mí me gusta más en esa extensión. Estos cuentos tienen ese retrogusto en cerebelo que sólo los clásicos consagrados son capaces de generar: Ray Bradbury, Isaac Asimov, Arthur C. Clark. Ursula K. Le Guin, Richard Matheson, Manuel de Pedrolo, Fredric Brown, Stanislaw Lem, Damon Knight y Frederik Pohl y bastantes más pero lo dejo aquí.  Además seguro que me dejo por olvido o por desconocimiento a algunos realmente buenos.

En honor a la verdad diré que tengo en mi poder la primera antología de Ted desde noviembre de 2008 (4 años después de editarse) y aún no la he leído. Llegó a mi poder de una forma rocambolesca. Estaba yo suscrito a la revista (prozine por ser más exacto) Artifex 3ª época que editaba Luis García Prado. Artifex empezó como un fanzine allá en su Jerez de la Frontera natal (Cádiz) y se llamó inicialmente El Fantasma recorre Andorra, hace más tiempo del que quiero recordar (enero de 1993). Antes de mutar a su definitivo nombre Artifex. Colaboré varias veces en aquel fanzine, donde hizo sus primeras armas literarias un tal Felix J. Palma, hoy en día uno de esos autores consagrados al que hay que leer y que publica en Plaza & Janés, es decir la multinacional Penguin Random House. Total, que los fanzines aunque fueran prozines (semi profesionales) seguían financiándose con suscriptores. Luís decidió cerrarlo y con un gesto que le honra ofreció a los suscriptores a los que nos dejaba colgados (con un dinero ya entregado por unos ejemplares que ya no saldrían a la luz) un libro de su fondo editorial como compensación. La verdad y en mi caso, el importe de lo adeudado era del orden de tres veces menor que el valor facial del libro entregado en compensación. Ah, perdón, Luis García Prado es el editor de Bibliopolis y tiene entre sus muchos logros editar a un tal Andrzej Sapkowski. Total, que pedí La Historia de tu vida… pero nunca lo leí. Sé que siempre he tenido en gran concepto ese libro, porque se lo recomendé a Pilar (una verdadera santa que convivió conmigo casi 19 años) y recuerdo que a ella le gustó y lo olvidé: olvidé que tenía ese libro. Lógicamente no lo he leído, aún no lo he leído, lo voy a hacer tal y como acabe esta reseña.

Para mi oprobio debo admitir que la celebridad que le concedo al neoyorkino se debe a la espléndida adaptación de su cuento La historia de tu vida (que no recordaba que tenía muerta de risa en mi biblioteca) por parte del director Denis Villeneuve en la magnífica y muy recomendable película La llegada (Arrival, 2016). Y de la misma forma que me ocurren muchas cosas en mi vida (y no todas malas), fue vagabundeando en la librería En Portada de Málaga, lugar habitual donde pillo mis dosis de mandanga de la güena, lo descubrí. Ahí estaba la portada, que claramente evoca (pero sutilmente, vaya sólo para iniciados) la película de Villeneuve. Y lo compré y nada más llegar a casa leí el primer cuento. Cosa que no hago nunca, pues la cola de lectura es sagrada, pero en un país donde el rey era/es el mayor corrupto, yo débil súbdito-esclavo ¿no iba a dejarme arrastrar por la ola de corrupción que asola este estado fallido y saltarme mis propios principios? Lo hice, me abandoné y leí el primer cuento: El comerciante y la puerta del alquimista. Me gustaría sobre manera cerrar esta reseña con la frase: y todo lo demás es historia… pero no, todo lo demás lo tengo que seguir contando: lo siento, otra vez será.

Tengo extrañas costumbres, cuando un libro me gusta lo leo lentamente no más que un capitulo por día y si es una antología mucho mejor: un cuento por día, nueve días en total en el caso que nos ocupa. Y tras la lectura del primero, entré en una placentera reflexión aderezada con una copa de whisky con hielo. Súbito, la relación estalló en mi retrocerebelo (no creo que exista como sustantivo, pero ¡como luce!): ¡Yo tengo el primer libro de Ted! Ni quince segundos tardé en recuperarlo de la estantería. Fue un gran memento mori, un baño de humildad, que muestro públicamente aquí para mi mayor escarnio, pero que nadie piense que por ello voy a dejar de ser tan pedante y presuntuoso como suelo ser.

Tiene Ted una costumbre que ensalzo sobre manera en los escritores de cuentos y que Isaac Asimov cultivó soberbiamente, que es comentar los cuentos. Isaac lo hacía como prefacio y Ted lo hace como postfacio, lo que me gusta aún más. Los de Chiang son aleccionadores y muy instructivos. Ted no vive de su pluma, no es un drag queen, ni escritor que pueda hacerlo de sus escritos de ficción, precisamente por su escasa producción; luego escribe lo que le apetece y viene en gana. Y bien sabe Dios que eso se agradece, vaya si se agradece. Yo he dejado de leer autores profesionales de renombre por qué no soporto leer sagas eternas aquejadas de obesidad mórbida a mayor beneficio (literal) de la editorial y del escritor.

El comerciante y la puerta del alquimista (2007). Es un cuento al estilo de “las mil y una noches” de viajes en el tiempo. Es difícil ser original en el subgénero de los viajes temporales, pero él lo consigue con una pasmosa aparente facilidad, lo que evidencia una pericia sólo al alcance de los elegidos. Pero, que es la pareja de la pera y el inicio de una rajada de órdago, Ted (o en su defecto el traductor Rubén Martín Giráldez, aunque creo que es el americano el responsable y no el catalán) es falible. El islam tiene costumbres distintas de las occidentales y mucho más de las neoyorkinas, en el mundo musulmán antiguo no había bancos y hoy en día sus bancos son distintos a los nuestros, puro capitalismo en su esencia. Conceptos como el Zakat (el tercer pilar del Islam) lo imposibilitan, aunque hay maneras de reconciliarse con nuestra visión mercantilizada del mundo. Pero lo que no tiene perdón es que sus personajes tomen vino siendo musulmanes orgullosos de serlo. ¡Vino! Hasta Ted peca de prepotencia occidental, vaya prepotencia yankee. Afortunadamente estos pequeños deslices no minusvaloran la calidad del magnífico cuento que nos ocupa.

Exhalación (2008). El cuento que da título a la antología es magnífico. Un claro ejemplo de cuento clásico, de cuento escrito por un maestro. Ahora le llaman weird, una narración que parte de nuestro mundo dado por descontado y que lentamente se van introduciendo elementos que sacan de su zona de confort al lector y lo llevan a un universo personal e intransferible creado por la fértil creatividad de Chiang, nos narra una historia potente, realmente potente. Me ha gustado sobremanera. Es en las aclaraciones del autor cuando nos evidencia que es un cuento sobre la entropía, algo que se deduce inmediatamente en su lectura, lo destacable es que Ted cita el cuento de Philip K. Dick (1969) La hormiga eléctrica y la de Roger Penrose (británico y profesor 1989) La nueva mente del emperador.  No he leído a Roger, pero las ideas entrópicas que usa Ted las leí en H. G. Wells (1895) La máquina del tiempo e incluso en La casa en el confín de la tierra (1908) de William Hope Hodgson. Pero seguro que son fallos míos de memoria y desvaríos de carcamal. ¿Qué sabré yo frente a estos señoritingos tan modernos?

Lo que se espera de nosotros (2005). Un relato corto (donde la CiFi brilla más intensamente) que transmite una idea, una idea-fuerza (que dicen los de marketing) poderosa, atractiva y sugerente. No voy a desvelar la naturaleza de la idea, pero incide en una de esas eternas preguntas que su respuesta define la sociedad en la que se vive.

El ciclo de vida de los elementos de software (2010). Ted no escribe historias largas, y esta narración es una excepción. Admito desde ya que la narración chirría y hay momentos que se diría que el autor está perdido. Pero la historia, ñoña en apariencia, te tiene cogido y no puedes dejar de leer. Y de repente te das cuenta que estás leyendo la historia mil veces contada desde que Mary Shelley lo hiciera por primera vez con su Historia del moderno Prometeo (1818)… Evidentemente hablo de Frankenstein. Aprovecha la aparentemente inocua historia de avatares para colar temas de enjundia, ninguno nuevo; todo ha sido ya contado. Por momentos reconozco las ideas de Asimov en el cuento El Hombre del bicentenario (1976) que llevó al cine Chris Columbus en 1999 en su vertiente más emotiva con un inspirado Robin Williams en el papel de robot NDR “Andrew”. Pero también se habla de la maternidad, de la educación de los hijos y mascotas. Chiang es original aún cuando trata temas ya visitados una y otra vez.

Leyendo este cuento tuve un déjà vu, esta historia me sonaba. Y aunque mis neuronas ya distan mucho de ser lo que fueron la recordé, la leí en Terra Nova: Antología de ciencia ficción contemporánea seleccionada por el aficionado vasco Mariano Villarreal y el fan-editor argentino Luis Pestarini en 2012 y editado por Rudy Martínez en su editorial Sportula. No se aclara si lo tradujo Claudia de Bella o Ana Díaz Eiriz, pero en cualquier caso su traducción me gusta bastante más que la de Rubén y sus imposibles digientes, vulgares avatares. ¿Pero quién soy yo para cuestionar el trabajo de un traductor? Yo que a duras penas me entiendo a mí mismo.

Por cierto, en un momento dado Ted suelta:

«[…] la economía entra en recesión tras la última pandemia de gripe, y provoca cambios en los mundos […]».

Esto está escrito en 2010, el Cobi D19 (si ya sé que no se escribe como la mascota de Barcelona 92, pero me da igual. De hecho le he escrito hasta un cuento) era poco previsible. Aunque lo cierto es que con Gripes Aviares, SARS, ébolas y demás zarandajas tampoco era muy difícil pronosticarla. Aunque la crisis que vamos a padecer está llegando a nuestra economía como un tsunami a la costa, aún no somos conscientes del impacto y profundidad que tendrá. Pero eso es otra historia, que este abuelo cebolleta contará en otro momento… En concreto el lunes 19 de octubre de 2020 a las 20 horas.

La niñera automática, patentada por Dacey (junio 2011).  Un cuento menor, fruto de un encargo del más que sobrevalorado antologista Jeff VanderMeer. Adopta un tono formal, algo nada difícil para Ted ya que paga sus facturas con el sueldo de escritor técnico de software. Vaya, que hace manuales de usuario. Pese a ello, el cuento es interesante y aborda un tema que debe preocuparle: la educación de los hijos que ya analizó en el anterior cuento. Innegablemente hasta en obras menores se aprecia su habilidad.

Las coincidencias nacen con la atención, el Cobi D19 primo hermano de la gripe tiene mis radares alertar, por eso no puedo dejar de pasar la referencia de Ted sobre el fin de Dacey:

«[…] Publicó artículos sobre teoría de números y dio clases en Cambridge hasta su muerte en 1918, durante la pandemia global de gripe […]».

La verdad del hecho, la verdad del sentimiento (2013). La tecnología, el progreso produce una reacción en nosotros que varía con el tiempo: de jóvenes nos seduce y de mayores nos atemoriza. Nada que Alvin Toffler no describiera magistralmente en su ensayo de 1979 La Tercera Ola. Ted en otra exhibición de genialidad nos narra el enésimo avance tecnológico: podemos grabar toda nuestra vida; lo que oímos y vemos en cada momento, y hacer búsquedas selectivas en esos recuerdos audiovisuales. Esa historia se narra en paralelo con un acontecimiento pasado: la alfabetización de un joven de una tribu recién colonizada por europeos. Todos los miedos, todos los temores “a lo Mary Shelley” van apareciendo en este juego de espejos. En el futuro un viejo nos cuenta sus temores ante el progreso (grabación de recuerdos) y en el pasado un joven nos cuenta sus anhelos ante el progreso (la escritura).

Estamos condenados a que cada cierto tiempo aparezca un salva patrias, un nuevo Fredic Wertham con un nuevo La seducción de los inocentes (1954, Seduction of the Innocent) que en lugar de culpar a los cómics de todos los males de la humanidad, lo haga respecto a los juegos de rol, los videojuegos, los móviles, la pornografía, las vacunas o la nueva simpleza de turno. La fobia al cambio que todos desarrollamos con la edad llevada a su epítome, gracias a que los incultos informados son legión en las redes sociales.

Nosotros, sí nosotros, veremos esgrimir por Ted en este cuento los mismos argumentos que usamos para vilipendiar a esta juventud, la de ahora, cuando nuestros exabruptos son meros lamentos, no son más que cantos de sirena, una alabanza al tiempo pasado que vivimos en nuestra juventud, que ya no volverá y que sin duda alguna sólo fue mejor en nuestro recuerdo: cuando simplemente este tiempo, el de hoy, es distinto.

Chiang, con pulso firme, desgrana los argumentos catastrofistas, revestidos de buena voluntad como hizo Wertham. Pero la tecnología ha venido para quedarse y evidentemente producirá cambios irreversibles, ya lo contó Marshall McLuhan en su imprescindible La Galaxia Guthenberg de 1962 y remató Neil Postman en su ensayo de 1985 Divertirse hasta morir. La tecnología modifica el mensaje y la forma que tenemos de interpretar y entender la realidad, pero seguiremos haciendo lo mismo que siempre. Si antes las chafarderías y tonterías las gritaban por el patio de luces nuestros abuelos, nuestro padres lo hicieron por teléfono y nosotros por WhatApps; Nihil novum sub sole.

Hace tiempo que sabemos que los recuerdos los reconstruimos constantemente, que los variamos a nuestra conveniencia para hacer inevitable llegar al estadio en el que estamos. Una reinterpretación de todo nuestro pasado para hacer inevitable nuestra situación actual. La primera vez que me enfrenté con este concepto fue con la magistral película con guión y dirección de Omar Naim en 2004 La memoria de los muertos (The Final Cut) e interpretada magistralmente, entre otros, por Robin Willimas. Película que comparte el argumento de este cuento, nueve años antes que Chiang lo escribiera. El propio Ted nos dice:

«[…] sospecho que ya no recuerdo el día en sí. En más probable que haya fabricado el recuerdo el día en sí. Es más probable que haya fabricado el recuerdo cuando me enseñaron las fotos por primera vez, y con el tiempo, los he imbuido de la emoción que supongo que sentí ese día. Poco a poco, a fuerza de invocar el recuerdo, he creado un recuerdo feliz para mí mismo. […]»

Por pudor no comento Blade Runer (1982, Ridley Scott) y como se confiere una cierta humanidad a los androides NEXUS 6 implantando recuerdos falsos en sus cerebros. Evidentemente la existencia de un recuerdo externo e invariable modificará nuestra realidad. Pero si reflexionamos, pero reflexionamos de verdad, no a la ligera como si fuéramos un contertulio de radio o de televisión matinal, no cambiaremos tanto. La ciencia ficción está llena de reflexiones rápidas, a vuela pie, negativas y catastróficas sobre todo: las hacen disminuidos mentales como Wertham o líderes políticos de partido de ultraderecha y  por suerte hay gente que subidos a los hombros de gigantes como McLuhan, Troffer ó Postman, que reflexionan con sentido crítico para finalmente darnos su visión. Y eso es lo que hace Chiang, Ted Chiang. Sólo por leer el final de este cuento merece la pena pagar el precio de este libro.

No sé si es ciencia ficción o divulgación, pero sea lo que sea La verdad del hecho, la verdad del sentimiento es bueno, muy bueno.

El gran silencio (mayo 2015). Breve y directo al mentón. Durante su lectura, estuve esperando, en todo momento, que apareciera el autoestopista galáctico con su toalla al cuello despidiendo a los delfines, que al alejarse nos agradecían el pescado (Douglas Adams en el recuerdo, por siempre). Pero no, los papagayos se extinguen junto al radiotelescopio de Arecibo y punto, se acabó. El agrio final me recordó aquella clase de Filosofía sobre los límites de la precepción. No es sólo que el ciego no pueda ver, sino que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y en eso los humanos somos expertos, buscamos allí donde sabemos que no vamos a encontrar, para no tener que encontrar lo que no queremos ver… a nuestros pies.

Ónfalo (2019). Los relatos de Ciencia Ficción del tipo: “¿Qué pasaría sí…?” son una de mis debilidades. De nuevo con una parsimonia y tono técnico encomiable Chiang nos vuelve a narrar una historia reposada pero apasionante: las extrañas vicisitudes de una científica en un universo donde los fósiles y demás evidencias demuestran que el universo lo creó Dios. A nosotros nos queda lejos el debate de la creación, nosotros somos darwinistas, pero en los EE.UU. donde la mitad piensa que el universo y a los humanos los creó Dios (ahora es más fácil entender como un Neanderthal declarado es presidente de esa “gran” nación), el debate y este cuento tiene más “gracia” de los que deducimos aquí en Europa, gracias a entre otras cosas, a una postura más tolerante (y en el fondo inteligente) de la iglesia católica hacia la ciencia y sus teorías. Pero la vuelta de tuerca, el deus ex machina que le da el amigo Ted, no es una prueba científica que niegue el creacionismo; no, eso está al alcance de cualquiera. En su cuento aparece una prueba que sin negar el creacionismo, aparta a la humanidad del centro del universo creado por Dios, el centro es otro y no somos nosotros. Magnífico, jaque mate.

La ansiedad es el vértigo de la libertad (2019). Acaba como empieza la antología: con un negocio de visitas a nosotros mismos en universos paralelos en este último cuento, o al pasado en el primero. Chang es yankee y se le nota: ¡viva el mercado capitalista! Qué lejos de la concepción europea. Pero claro hablamos de Chiang, nada de usar esos universos paralelos trillados hasta la saciedad, convertidos en lugares comunes que si el bueno de Borges levantara la cabeza quemaba en vistoso auto de fe, tanto necio junta letras que se hace llamar escritor. No es el relato que más me gusta, por momentos parece un brainstorming de posibles historias que contar con el gadget que inventa: un prisma que bifurca senderos, digo ¡universos! ¿en qué estaría yo pensando para meterme en semejante jardín de 1941?

Tarda una eternidad en plantearnos su tesis, eso sí, luce como sólo él sabe hacer lucir un buen final. Pero la idea no es en absoluto original. ¿Pero no es la literatura el arte de contar las mismas historias de forma distinta, ligeramente distinta? Lo es, y este es un relato que cuenta una historia ya contada de forma nueva, pero no está a la altura de su autor. Sí me ha gustado cómo nos cuenta la forma en que los americanos, algunos americanos, explotan económicamente el sentimiento de culpa que las iglesias cristianas inculcan en sus feligreses para hacerlos más dóciles.

Leer a Chiang en estos tiempos que el género está lleno de textos militantes de guerras de género (y no precisamente de género literario), mediocridad y ego es un remanso de paz, un oasis en la travesía a ninguna parte que la sociedad occidental se ha autoimpuesto en el final de esta segunda década del siglo XXI.

Por suerte para mí, me auto vaticino que la Parca me recogerá pronto (con la elegancia descrita por Peter Gabriel en su canción Solsbury Hill de 1977), y me ahorraré ver dónde la mezcla de sobreabundantes supuestamente bien informados y manipulación consentida, os aboca.