Echemos de comer al arte

Por @mossen_a

El 9 de agosto de 1942, a pesar de que la ciudad de Leningrado está sitiada por los alemanes, una orquesta a duras penas recompuesta —formada por músicos famélicos, que acusaban distrofia y ensayaban entre desmayos—, interpretó la Sinfonía nº7 que Shostakóvich compuso para homenajear la ciudad.

En el interior del teatro hacía frío aún siendo verano. Los músicos y el director de la orquesta, Karl Eliasberg, se presentaron con sus viejos fracs, bajo los que dispusieron papeles de periódico. La platea, los palcos, los pasillos se llenaron de público: hombres y mujeres que aquel día abrieron sus armarios, desempolvaron sus ropas de gala que, inevitablemente, les quedaban grandes. A todos. A todos sin excepción, les iba la ropa grande.

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Y esa imagen me persigue. No es culpa mía. Fue Montserrat Roig quien me la claveteó con su magnífico libro “L’agulla daurada” (1985). Nunca se sabe qué suerte de poso te deja la lectura de un libro. Ni qué hubiera sido de ti si no lo hubieras leído. Pero lo que es indiscutible es que la persona que se adentra en los mundos de una obra como “L’agulla daurada” y la que sale, no son la misma.

Se trata de una obra a caballo entre el libro de viajes y el reportaje, en el que Montserrat Roig explica sus experiencias mientras recopilaba información para cumplir con un encargo: escribir un libro sobre el sitio a Leningrado. Corrían los primeros años de la década de los ochenta y las olimpiadas de Moscú. Montserrat Roig moriría, prematuramente, pocos años después, en 1991. Este año, pues, en el que se conmemorarán los 25 años de su muerte, hubiera cumplido 70 años de edad.

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La imagen que yo describo —un teatro lleno a rebosar de público al que la ropa le viene grande—, no es la más trascendental del libro, ni mucho menos. Pero es en la que quise ver un hilo suelto —que agarré con los dientes—, y con el que quería empezar a tejer un relato. Y para eso hace falta proveerse de información que, en éstos mundos llenos de las redes, es muy fácil recabar.

Resulta que Shostakóvich, el compositor de la citada sinfonía, fue evacuado por ser considerado patrimonio nacional. Resulta también que mientras con la carta de racionamiento común se conseguían 125 gramos de pan diarios, a Eliasberg se le entregaron 200 gramos de carne y 200 gramos de grano. Las autoridades habían decidido salvarle la vida al último director sinfónico.

No niego la perversidad: Eliasberg cocinó la carne tapando las entradas de su vivienda con mantas para que los vecinos no la olieran. No había para todos.

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Pero envidio ese orgullo hacia el arte de quien lo sabe un patrimonio. Y me parece ciencia ficción. Tan acostumbrada estoy a noticias, con fecha de ahora, como las que anuncian que va a desaparecer la asignatura de filosofía de las aulas, o que los escritores llegados a cierta edad han de escoger entre la pensión de jubilados o los derechos de autor que generan sus obras. Podría suceder que dejar de escribir les resultara más rentable. De momento no parece que nos importe mucho. De lo que se desprende que podemos prescindir de ellos, muy alegremente.

Pero no lancemos vítores: podemos elegir matar el arte, pero la carne tampoco va a ser para nosotros.

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