Lo mío con Cervantes es una obsesión

Por @mossen_a

Lo mío con Cervantes es una obsesión. ¿Por qué? Porque el muchacho no fue a un taller de escritura. Si llega a hacerlo, lo peta. ¡Ay, no! Lo petó de todas formas porque se ve que al Quijote se lo considera Patrimonio de la Humanidad. Pero es lo que me contestan -no uno, sino varios amigos-, cuando debatimos sobre la utilidad o no de este tipo de talleres: Cervantes no fue a ninguno.

Como el tema me interesa, y a poco que hurgues te das cuenta de que el debate está servido, busco opiniones que decanten la balanza y le pregunto a un escritor -aprovechando la presentación de su último libro que es como decir que lo pillé bajo de defensas-, y me responde que, a él, los talleres de escritura no le parecen mal. Cuando le recuerdo que “Cervantes no fue a ninguno” me responde “pero no todos podemos ser Cervantes”. Y ahí se alimenta mi obsesión, porque Cervantes, era un genio tocado por el dedo de Dios. Y el resto de los mortales, pues no.

El resto de los mortales podemos ir a clase de pintura, ni que sea parapetándonos con la excusa de que es terapéutica; podemos apuntar a nuestros hijos a clase de piano – ¡Por Dios, no va el niño a aprender solo, ni que fuera Mozart! -, pero aprender a escribir, se aprende escribiendo y sanseacabó. Y si no, haber nacido como Cervantes: con la gracia divina jugando a favor.

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De todas maneras, eso me lleva a preguntarme si la democratización de la cultura se limita a que todos lleguemos a conocer la obra de unos pocos autores excepcionales o, por el contrario, se extiende a que la población pinte, toque un instrumento y escriba, motivados por el simple hecho de participar activamente de la cultura, sabiendo que su obra, probablemente, no llegue a ser Patrimonio de la Humanidad. Pero no padezcamos, las autoridades competentes de este país nos mantienen a salvo de los excesos.

Sea como fuere, los talleres y las escuelas de escritura proliferan cada vez más, no sé si por demanda del alumnado o por aquello de que los escritores, reciclados en profesores, de algo han de comer.

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Sigo escudriñando y me interno en el siguiente enjambre de debate donde me topo con otro tópico: en las escuelas de escritura te inoculan una fórmula magistral que solo sirve para fabricar “Best Sellers”. No hay ni que decir que me alejo del avispero como alma que lleva el diablo, persignándome ostensiblemente y jurando que lo que yo quiero es mejorar como escritora, pero que se me lleve el diablo al último de los infiernos si lo que pretendo es escribir una obra que se venda. Mientras corro no puedo evitar acordarme de aquel que visitó un gimnasio para informarse diciendo “oiga, pero yo no quiero estar tan cachas como el tío del poster, ¿eh?” No se preocupe usted, y procure no desmayarse en la bicicleta.

En fin, qué opción nos queda: ser autodidacta.

Y llorar.

Pero que no decaiga, las redes sociales están para ayudarnos. En ellas, el escritor novel, se tropieza con un sinfín de decálogos con los que iluminarse y en los destacan máximas celebres como “sé disciplinado y escribe todos los días”; “lee mucho y recupera los clásicos”; “la inspiración debe encontrarte trabajando” y mi preferida “para escribir has de tener algo que contar”.

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Siga usted llorando: “para escribir has de tener algo que contar” y aquí Cervantes vuelve a darnos un revés que bien podría parecernos un derecho, bastándose con la mano tullida: nuestro hombre se batió en duelo, lucho en guerras, lo adjudicaron como esclavo, los corsarios pusieron precio a su cabeza, fue agente secreto del rey, vecino de Quevedo y de Lope de Vega; se casó, se separó, fue excomulgado y si no les parece suficientemente triste su vida, sepan que lo mató una diabetes. Pero Dios mío, ¿cómo les das tanto a unos y tan poco a los demás?

Con tantas experiencias vividas como arsenal de tintero, si Cervantes no hubiera escrito tendríamos motivos para matarlo. Pero ¡ay, no! que ya está muerto. Este año se cumplen cuatrocientos años de su muerte. Leo en la prensa la opinión de varios intelectuales, a los que admiro, sobre la apatía de nuestros gobernantes respecto a la conmemoración de la muerte de Miguel de Cervantes, en particular, y en cuanto el trato y consideración de la cultura, en general. No me queda otra que clamar nuevamente al cielo: Señor ¿por qué nos has abandonado? Y me quedo manca.

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